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Lissie, la niña del malecón Manaos A los once años conocí a la niña del malecón Manaos, jugaba a la “salta soga” esa mañana de fresco estío cuando la vi desde el balcón de la casa de la tía tesoro. Sentí extraña la sensación que me causaba verla jugar, parecía haberme hechizado a primera vista como quien diría; atraído y loco por estar a su lado, baje rápido para ir a la conquista de ese corazón tan puro, angélico y virgen. “Requena es el nombre de la cuidad donde surge esta pueril historia; declaran su amor al margen Del río Ucayali, dos niños ya sin tiempo”. Urge por este motivo, las ganas de expresar el amor que sentía fucilado por ella. Al bajar, fulgor esplendoroso de cabello dorado, fortaleció aun más mi osada revelación de apego. Desde esa mañana, mi espíritu enloqueció como alma perdida, que quería estar pego solamente a las manos de la niña de manaos, el malecón de Requena que jamás se cansaba de vernos caminar por sus laderas, éramos aptos para decir, que el mundo nos amaba, aptos para decir, que nuestras manos jamás se iban a soltar, aptos para vernos juntos dentro de un corazón de rosas y estrellas; Pero no fue así, el tiempo, corto cada día más, me hacia recordar mi retorno vano a Iquitos, donde no tuviera luz, ni vida ahora sin ella. Pararon ya diecisiete años, y la sigo recordando, a veces su nombre en las noches pronunciando, con la intención que me escuche y me recuerde, pues algún día podré al fin darle el primer beso antes de mi muerte. |
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